jueves, junio 20, 2024
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La madre del borrego y la táctica del tero

Carlos Resio.

Cuando el reino de España, en el siglo XVIII, decidió darle importancia al territorio que hoy ocupa nuestro país, no lo hizo a partir de sus riquezas minerales ni a los impuestos que podría cobrar a sus pueblos preexistentes. No se habían encontrado el oro de México ni la plata del Alto Perú. Los pueblos originarios que tenían algún grado de desarrollo ya habían sido diezmados y reducidos y los que aún quedaban por dominar eran comunidades nómades de cazadores recolectores y no ofrecían demasiado interés.

Carlos Resio, de El Manifiesto Argentino, en La 99.3 el 27 de abril de 2022

A su vez, las tierras feraces y sin poblar, no explotadas por ser la ganadería imposible y por no existir la tecnología para la conservación de la carne y una agricultura que hubiera obligado a trabajar a quienes consideraban el trabajo como indigno, no resultaban fuente de riqueza. Y para los funcionarios y las élites eran más redituables los privilegios de la pesada estructura virreinal y el contrabando con el que se burlaba el monopolio español comerciando, fugando, con portugueses y británicos. Esto último y la necesidad de un mejor control del Atlántico sur llevaron al rey a crear el Virreinato del Río de la Plata. Nada cambió, al contrario. Buenos Aires perfeccionó los mecanismos de evasión de Bernardo Pecador, como llamaban a Bernardo Sánchez, y luego Diego de la Vega, que era bastante zorro, los primeros contrabandistas enriquecidos y convalidados entonces por León Pinelo, el de la calle, a quien el rey había mandado apenas fundada la ciudad a controlar la situación y quien calificó el accionar como de contrabando ejemplar, siempre con la anuencia del Tesorero real Simón de Valdéz.

Una cosa lleva a la otra y esta fuente de riquezas fue atrayendo a otros apellidos, luego ilustres, que conformaron, una vez blanqueados y con el poder de silenciar voces indiscretas, una incipiente élite local que proyecta ecos de nombres y prácticas hasta el presente.

La revolución de mayo excluyó a los españoles díscolos, pero quienes se adaptaron al nuevo orden y aquellos que quedaron bien parados en la revuelta no hicieron más que progresar y quedar bien posicionados ante la aparición de nuevos negocios apañados por la línea revolucionaria triunfante que no fue precisamente la que pensaba en el pueblo y el desarrollo de una pujante y moderna nación.

Bernardino Rivadavia quien como un trágico reaseguro de aquella visión de nación dejó su nombre en el sillón presidencial, preanunció quienes serían los ganadores de la naciente patria. En 1824 como ministro de hacienda de Martín Rodríguez tomó una deuda externa cancelada 123 años después y que solo sirvió para enriquecer a la banca británica y dotar de alguna mínima y novedosa infraestructura a la capital, venía con el condicionante mediante el cual el país no podía enajenar, vender, destinar sus tierras a particulares ya que eran parte de la garantía ofrecida para el préstamo. Para salir de esta traba Rivadavia dictó la Ley de enfiteusis mediante la cual se cedían tierras por largos plazos a quienes quisieran explotarlas a cambio de un canon periódico. No les bastó.

Inmediatamente, en la legislatura porteña se encargaron de conseguir aún más beneficios y privilegios. Coincidentemente el método de salazón vino a traer la solución para la conservación de carnes para su exportación y en la pampa húmeda y el litoral cercano pastaban millones de cabezas de ganado cimarrón disponibles para quien quisiera tomarlo. Negocio redondo para pocos amigos del poder a quienes se les cedieron las tierras y las vaquitas por monedas que ni siquiera pagaban.

Con el pasar del tiempo y el llenado de las bolsas, las tierras pasaron a ser propiedad de los miembros de la élite cuyos apellidos hoy reconocemos entre quienes promovieron golpes de estado, masacres y últimamente gobiernos neoliberales y tractorazos. ¿Les suena Martínez de Hoz, Miguens, Brown, Anchorena, Alvear, Álzaga, Irigoyen, Dorrego, Obarrio y Ocampo? Hay más, pero no muchos. Más de ocho millones de hectáreas fueron cedidas por la naciente patria a solo 538 familias a las que después se sumaron las arrebatadas a las masacradas comunidades originarias pampeanas y patagónicas.

Y esto recién comenzaba, el tímido intento sarmientino de “fundarcien Chivilcoy” para emular el desarrollo norteamericano de los “farmer” que había entregado tierras a más de 5 millones de nuevos granjeros que avanzaron sobre el medio oeste en su camino al pacífico y dieron el impulso inicial a lo que fue la primera potencia global, fue aplastado por el poder ganadero dominante en Argentina.

Esa élite, con su golpe de mano, mantuvo su condición hegemónica hasta nuestros días sin considerar convertir esas riquezas en fuente de desarrollo y modernización de las estructuras productivas manteniendo a nuestro país en la condición de proveedores de materia prima para el mundo desarrollado con tal de que ellos pudieran vivir la “belle époque” mientras las masas populares vivían en la miseria.

No fue sino hasta el advenimiento del peronismo que las condiciones para ese sector, acostumbrado a gobiernos propios y extranjerizantes, cambiara en algunas estructuras y se pusiera en incipiente discusión el desbalance. Con la ley del peón rural y la titularización de tierras para 50.000 familias campesinas que con créditos blandos a pagar a 30 años por ejemplo, miles de argentinos dejaron de ser campesinos precarios y pudieron salir de la trampa que los terratenientes manejaban a través de la figura del abusivo arrendatario quien subalquilaba a inmigrantes que llegaban con una mano atrás y otra adelante a un país que le había prometido tierra y paz.

No fueron suficientes las reformas y las nuevas leyes. La superestructura de poder pudo torcer el brazo a los gobiernos populares y ganar la batalla cultural por el sentido de lo que la propiedad de la tierra significa para el desarrollo nacional. Prueba de esto último fue escuchar en ocasión del tractorazo, en un programa de la telebasura, a un chacarero cuyo campo es herencia de un de aquellos beneficiados por los créditos peronistas, que reclamaba por volver al país de los privilegios que existía antes de la llegada del peronismo sin considerar que él mismo jamás podría hoy comprar un pequeño campo a U$S 14000 la hectárea por más que hubiera puesto precio a su vendida conciencia.

Una derrota de tal magnitud solo se explica por la eficaz desaparición del tema de la propiedad de la tierra y el latifundio en nuestro país en toda su historia. Sobre todo en las poblaciones urbanas que sin tener ni un metro cuadrado de cultivos, creyendo defender a pequeños productores, no hacen más que defender a quienes se dicen campesinos pero son especuladores, explotadores del trabajador rural y pícaros codiciosos que no dudan en sacarle hasta la última gota a un sociedad que no alcanza a entender que la tierra es de todos los que la habitamos y no solamente de un puñado de millonarios que son quienes en definitiva deciden, por su poder de compra y corrupción, el destino de atraso de nuestros países.

De qué sirve el intento de conformar una nación si la tierra que la providencia, y en muchos casos el despojo a quienes antes la ocupaban,puso bajo nuestros pies es entregada a unos pocos pícaros. El último censo nacional agropecuario arrojó que el 17% de las unidades productivas explica en 87% de la superficie sembrada lo que nos da una idea del latifundio, mientras que en el otro extremo el 55% de los propietarios se deben contentar con el 2%. En nuestro país, el 1% de los propietarios poseen el 36% de la tierra útil. Estos son números que nos muestran el resultado de haber escamoteado la discusión en un país que tiene una de principales fuentes de recurso en la producción agrícola.

Han sido hábiles, nos han tenido distraídos con unitarios y federales, guerra de la triple alianza, amenazas comunistas, Venezuela, corrupción de gobiernos populistas y cuanto palito hemos pisado. Gritan lejos de donde guardan los huevos y mientras se aprovechan de un estado que les proveyó seguridad, educación y asistencia técnica para su prosperidad, vociferan en violentas manifestaciones públicas expresando que si tuvieran una escopeta no dudarían en matar a los funcionarios gubernamentales como escuchamos, absortos por distraídos, entre los participantes del último raquítico pero desafiante tractorazo. Pero no seamos ingenuos, hoy disfrazados de republicanos muestran las uñas y con seguridad, de ser necesario, volverán a ser quienes siempre fueron y se mostrarán con toda su violencia.

La circunstancia de la guerra y como consecuencia el enloquecido aumento del precio de los granos les han llenado la boca de saliva a estos tipos que se sueñan príncipes árabes nadando en billetes caídos del cielo ya que nada de esto se debe a su esfuerzo o habilidad. Tener que estar peleando a esta altura del siglo XXI para que la sociedad comprenda lo que significa una renta extraordinaria debería hacernos reflexionar acerca de qué tipo de ciudadano forma la educación pública y cuáles son las fallas de la política. Los que ostentan la tenencia de la tierra tienen que saberlo, no están haciendo un aporte por entregar la ganancia extraordinaria, no es de ellos, es del pueblo.

Mientras los dueños de la tierra buscan llenarse los bolsillos aprovechando el momento, la contracara es la mesa vacía en la mayoría de los hogares argentinos. Lo saben perfectamente y han demostrado no estar dispuestos a compartir el pan, como lo han hecho desde los albores de la patria porque siguen siendo aquellos contrabandistas y oportunistas.

Me pregunto si la paciencia de nuestro pueblo no encontrará su límite, si la actual mansedumbre no es el resultado de que ya no están quienes señalaban el camino de liberación y que fueron víctimas de la dictadura asesina. Sin embargo confío, y estoy seguro de que somos miles con esta idea porque existen muchas voces que lo señalan, en que más temprano que tarde llegará el día en que la conciencia de los argentinos se apropie de los sentidos populares. Y la tierra, con su profundo sentido, vuelva a ser la madre amorosa que respetada como tal nos abrace a todos y asegure el pan a cada uno de sus hijos liberados de explotadores y de la codicia de los de siempre.

Carlos Resio

Para analizar, reflexionar y debatir el ideario del Manifiesto Argentino, Carlos Resio, integrante de la Mesa Ejecutiva de la organización que conduce Mempo Giardinelli, comparte propuestas de la agenda pública en su columna semanal de cada miércoles, a las 7,30 en el programa Contala como quieras, en La 99.3

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