viernes, mayo 24, 2024
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Avanti!

Carlos Resio.

Si te postran diez veces, te levantas otras diez, otras cien, otras quinientas: no han de ser tus caídas tan violentas ni tampoco, por ley, han de ser tantas. Con el hambre genial con que las plantas asimilan el humus avarientas, deglutiendo el rencor de las afrentas se formaron los santos y las santas. Obsesión casi asnal, para ser fuerte, nada más necesita la criatura, y en cualquier infeliz se me figura que se mellan los garfios de la suerte… ¡Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de su muerte! (Pedro Bonifacio Palacios – Almafuerte)

Desde hace un tiempo, vengo escuchando a distintas personas de mi generación comentar, a veces no sin amargura, que sus hijas e hijos no quieren darles nietos y nietas.

Darles. Darnos. Como si fueran proveedores. También fue mi caso. Y digo fue porque, en general, después de la primera reacción ante una respuesta inesperada y contraria a mi precepto trato de escuchar argumentos e intento comprender las razones aunque no las comparta. Sobre todo cuando vienen de personas más jóvenes que yo que últimamente son casi todas.“Si querés une niete adoptá une niñe o conseguite un gato y ponele un lindo nombre”, disparó impiadosa mi hija cuando le mencioné el tema. Demóstenes, me gusta para nombrar a mi nuevo gato.

Carlos Resio en La 99.3 el 6 de julio de 2022

Son distintas las razones que se escuchan para justificar tal elección pero sobresalen dos; una es referida a que los hijos representan gastos monetarios y dedicación que impiden el desarrollo personal y son un obstáculo para una vida plena. Y la otra, que es una irresponsabilidad traer a este mundo perdido a otro ser para que sufra las consecuencias de un futuro que pinta feo. No creo que nadie tenga derecho a juzgar a alguien porque no quiera traer hijos al mundo aunque nos decepcione. Al fin y al cabo quienes deciden son nuestros vástagos y nosotros los hemos formado y de una forma u otra, en menor o mayor medida contribuimos en dejarles este mundo que ahora les resulta amenazante. Impensada consecuencia de esto es el hecho que moriré antes de lo pensado ya que, como nos muestra la maravillosa película animada Coco, morimos definitivamente cuando desaparece el último que nos recuerda y nos nombra, y los nietos suelen recordar a sus abuelos, como es mi caso, toda su vida.

No me interesa reflexionar acerca de la primera idea de que los hijos son un estorbo ya que, en general, esa tesis no está presente entre quienes forman parte de mi mundo de relaciones e intereses y no creo tener nada que aportar a los motivos que la definen aunque creo que es consecuencia de la ola de individualismo, cinismo y desesperanza que ha inoculado la derecha entre los jóvenes. Pero sí me resulta necesario reflexionar sobre la segunda postura y sus motivos ya que nos involucran a todos de manera directa porque las causas de estas consecuencias, otra vez entre mis preocupaciones, son en parte nuestra responsabilidad y deberíamos sentirnos interpelados.

Me parece ver que este tipo de disquisiciones no está presente en la misma medida en todos los sectores sociales y quizá, sin poder asegurarlo, sea más común entre jóvenes más o menos informados de las clases medias que acceden a algún grado de comprensión acerca del estado de nuestro planeta y nuestra dañina presencia en él. Pero seguramente casi todos los jóvenes de cualquier condición social sienten de una manera u otra que el futuro se presenta ominoso y algo debe hacerse, ya sea aceptar ese destino impuesto y adoptar una posición cínica y despreocupada o comprometerse e intentar su modificación.

Desde que la especie humana consiguió encender el fuego y mantenerlo encendido hace unos 400.000 años es que devolvemos a la atmósfera el dióxido de carbono que las plantas enterraron durante los anteriores cientos de millones de años. La causa que nos convirtió en reyes entre las especies es la que nos lleva a la autodestrucción. En los últimos tres siglos la velocidad de la liberación de carbono a la atmósfera ha crecido exponencialmente y la revolución tecnológica y el explosivo crecimiento poblacional ha llevado al planeta a un estado en que es difícil imaginar un retorno posible y quizá nuestra especie no esté invitada a formar parte de un proceso de recuperación pos desastre final que creemos comprender.

La humanidad va a bordo de un tren enloquecido que imagina estar conduciendo, rumbo a un precipicio cada vez más cercano y que muchos niegan. Nos dicen los científicos que nos quedan pocos años antes de que, de no realizar los cambios necesarios en el próximo minuto, se desaten fuerzas naturales catastróficas que amenazan con terminar con la vida tal como la conocemos y eso sucedería si la temperatura de la atmósfera sube apenas 2°C con repecto al período pre industrial. De todos modos no sería algo novedoso ya que habría ocurrido antes. Claro que no estábamos para atestiguarlo. Hace 60 millones de años la temperatura de la atmósfera era 4°C más alta y los bosques, como lo muestran los fósiles encontrados en formaciones rocosas a 40 km del polo sur, ocupaban todo el continente antártico y eso no era culpa nuestra ya que aún faltaban 3 millones de años para que algo parecido a nuestros ancestros intentara caminar erguido. Por lo tanto sobreestimar nuestra importancia en la historia del planeta es presuntuoso.

Lo novedoso es la velocidad que el hombre le ha imprimido al proceso. Quizá fuimos dueños irresponsables si creímos en lo que nos cuenta el génesis bíblico sobre la orden de Dios a Adán y Eva para que pueblen la tierra y dominen todo lo que sobre ella existe. Bien que le costó al Papa, en la entrevista que le hizo Bernarda Llorente, tratar de explicar que el buen Dios no quiso decir lo que dijo sino que no fue bien interpretado y que en realidad el hombre y la mujer debían dominar la tierra para preservarla y no para consumirse hasta la última gota y envenenarla. ¡Haberlo dicho antes!

Que el deterioro ambiental lleve ya tantos siglos no exime de responsabilidad a nuestra generación sino todo lo contrario ya que formamos parte de una sociedad de consumo que en las últimas 5 décadas ha consumido más que en los 10.000 años anteriores. Argentina consumió en los primeros seis meses de este año los recursos que deberían ser consumidos en un año para ser sustentables. ¡Si hasta Perón lo anticipó con claridad premonitoria en su discurso en la primera Conferencia de Naciones Unidas por el medio ambiente en Estocolmo hace exactamente 50 años! Así con todo, entonces, no debería asombrarnos que algunos jóvenes con conciencia social y ambiental ya no quieran procrearse. ¿Podemos hacer algo para intentar un cambio de rumbo? ¿Queremos hacerlo? ¿Cuánto estamos dispuestos a cambiar? Incluso si el aporte es apenas un grano de arena sabiendo que nuestra provincia casi no incide en el consumo de recursos de un país que apenas emite un quinto de CO2 por persona de lo que emiten los habitante de EEUU. Las respuestas serán en la medida de las conciencias que hayamos adquirido incluso aún sin tener certeza de obtener buenos resultados.

El desencanto de nuestros hijos debería ser suficiente motivación para impulsarnos al compromiso decidido de acompañarlos humildemente en el ingreso a esta nueva era incierta en la dirección que nos señalan, que no es la de cambios de cosmética superficial sino la de profundas y sacrificadas transformaciones. Acompañarlos en la búsqueda de soluciones para dar una oportunidad a nuestra especie será una forma de redimirnos en parte.

Pedro Palacios, Almafuerte, finaliza con pasión su poema Avanti! uno de sus siete sonetos medicinales, con esta frase: “todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de la muerte”. Ojalá no queden cuatro.

Carlos Resio

Para analizar, reflexionar y debatir el ideario del Manifiesto Argentino, Carlos Resio, integrante de la Mesa Ejecutiva de la organización que conduce Mempo Giardinelli, comparte propuestas de la agenda pública en su columna semanal de cada miércoles, a las 7,30 en el programa Contala como quieras, en La 99.3

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