Una novia plantada y los invitados perplejos

Por Beto Zeppa

Por segunda vez en pocos días el presidente Alberto Fernández comparó el apoyo logrado en 2001 para la Ley de Bienes Culturales con el rechazo a su reciente (aunque diga lo contrario, ya es pasado) anuncio de expropiación de Vicentín: “Ahora resulta que es una cuestión de soberanía que los bienes culturales estén en manos de capitales nacionales y la producción de alimentos no es una cuestión de soberanía. Yo no entiendo cuando dicen esas cosas, siento que me toman de estúpido», le dijo a Roberto Navarro en una entrevista para El Destape.

Habla de aquella ley que salvó a Clarín de quedar en otras manos (“extranjeras”, se enarboló entonces como sinónimo de amenaza) cuando la caída del 1 a 1 encontró al Grupo con una deuda milmillonaria en dólares. Alude al poder de lobby que alguna vez alguien describió con la imagen de Jorge Rendo entregándole al ex presidente interino Eduardo Duhalde el número posible para salir de aquella convertibilidad: 1,30 más CER (coeficiente de estabilización de referencia).

El actual Presidente elige una hipérbole del asombro para desembocar en la queja de quien no comprende a quienes no comprenden lo que él quiso llevar adelante.

Tal vez su práctica didáctica lo oriente a creer que esa exposición de contrasentidos provocará el efecto esperado frente a un aula: alguno de los más avispados entre quienes ocupan pupitre lo señalará en voz alta y el asentimiento del docente llevará a la clase entera, bajo su batuta, a la comprensión y el aprendizaje de la lección.

Como método de enseñanza, irreprochable.

Como decisión del Presidente de la Nación, tantos reproches como los que Alberto Fernández les endilga a quienes le hicieron dar marcha atrás con una decisión de Estado.

Los hechos cuentan al menos de un resbalón político: un juez de primera instancia del fuero Comercial desplazó al decorativo papel de “veedores” a las tres personas designadas por el Poder Ejecutivo para decidir el futuro de la megaempresa. Graciana Peñafort detalló con su habitual claridad el disparate jurídico de ese fallo y el Presidente se limitó a acompañarlo con otra queja: “Buscando soluciones mejores, uno puede encontrarse con resoluciones peores”, tuiteó como remate de su comentario al análisis de la abogada.

Cabe mínimamente preguntarse si desde el Gobierno nacional se toma en cuenta alguna información básica, como la que un periodista santafesino volcó a través de un audio profusamente difundido en las redes virtuales acerca de la fortísima influencia de la megaempresa en toda la vida institucional de Avellaneda y el área circundante de Reconquista, Santa Fe. De hacerlo, no puede haber sorprendido el fallo de Fabián Lorenzini que restituyó al frente de la cerealera a quienes la condujeron hacia el “estrés financiero”, tal como ellos definieron.

Las especulaciones sobre por qué el traspié apuntan a una reacción mucho más potente que la esperada en materia de cantidad de gente opuesta a la intervención del Estado. Cabe la pregunta: ¿en estos tiempos?

Afloran además los contrapesos no esperados a la hora de “porotear” cómo le iría a la decisión cuando llegara al Congreso, y reaparece el “schiarettismo” como piedra angular. ¿Tampoco esto estaba suficientemente evaluado?

Reproches presidenciales. Por la diferente vara que usó Clarín cuando necesitó del apego nacionalista y cuando priorizó su eterna batalla contra el kirchnerismo y todo lo que lo rodee. Por un juez que adopta “resoluciones peores” que las buscadas a través del consenso. Como una novia despechada al pie del altar, sintiendo que la tomaron de estúpida frente a los invitados, a quienes la acompañaron hasta allí y siguen a su lado, aunque todavía perplejos.

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